A fines de enero de 2021, Colchane, una pequeña localidad ubicada en la región de Tarapacá, duplicó en pocos días su población debido al arribo de migrantes. La mayoría de ellos provenía de Venezuela, y llegaron a causa de la crisis humanitaria que vive ese país. Fueron días de lluvias torrenciales en la frontera de Chile con Bolivia, donde se hicieron aún más duras las condiciones climáticas de un territorio que suele tener temperaturas muy bajas en las noches, y que también destaca por la falta de oxígeno (la ciudad está ubicada a 3.650 metros sobre el nivel del mar). Esta llegada de migrantes coincidió, además, con medidas restrictivas establecidas a raíz de la pandemia, y que afectaron la circulación de buses hacia Iquique, la capital regional.
Así, confluyeron una serie de factores que hicieron que la cantidad de migrantes circulando en los poblados creciera significativamente, muchos de ellos sin tener un lugar donde refugiarse. Según la municipalidad de Colchane, en esos últimos días de enero y los primeros de febrero las cifras oscilaron entre 1.800 y 3.800 migrantes en una comuna que, según el Censo de 2017, contaba con 1.728 habitantes, y cuya capital comunal -la localidad de Colchane- tiene unos 300 habitantes, casi un centenar de ellos funcionarios públicos con residencia en otras comunas de la región o en regiones vecinas. En este marco, en redes sociales y medios de comunicación se publicaron notas y videos que daban cuenta de tomas de viviendas por parte de migrantes, además de testimonios que reflejaban una dramática sensación de invasión por parte de los habitantes locales, e incluso expresiones que hablaban de la vulneración de la cosmovisión aymara.
Lo ocurrido en Colchane es un ejemplo claro del uso de la narrativa del “choque cultural” que se ha instalado en la sociedad chilena para explicar numerosas tensiones originadas en la convivencia entre locales y migrantes, además de actitudes frente a esas tensiones, generalmente xenófobas, racializantes o sexualizadoras. No pretendemos minimizar las situaciones que materializan esos conflictos, sino visibilizar los procesos sociales que están en su base, y lo nefasta que resulta la narrativa del choque cultural para abordarlas. Se recurre a esta idea del choque cultural, por ejemplo, para explicar que los niños haitianos son supuestamente “más violentos”, que los vecinos colombianos son “fiesteros”, que los hombres peruanos son “golpeadores”, que las madres haitianas “no cuidan bien de sus hijos” o que las personas afrodescendientes, y sobre todo las mujeres, son “más calientes”. A veces las nacionalidades se intercambian entre los mismos prejuicios, da igual, el punto central del argumento es que tienen una cultura diferente -lo que no se dice, o se dice menos, es que se asume que esa cultura es inferior-, y por eso sus costumbres son molestas, cuando no intolerables, para los chilenos o para la cultura del país receptor.
Una de las aristas que más se abordó respecto de lo sucedido en Colchane estuvo relacionada con el aspecto migratorio y el control de las fronteras, pero también surgieron voces que aludían a situaciones que habrían violentado la cosmovisión del pueblo indígena aymara –el “choque cultural” – que habita ese territorio. Ese supuesto choque se materializó, principalmente, cuando parte de los migrantes se tomaron las viviendas de algunos pobladores. El modo en que se presentaron los conflictos a través de medios y redes sociales, sumado a la situación de pandemia y a una política migratoria hostil y efectista en términos comunicacionales, hace que lo sucedido en Colchane sea muy ilustrativo para pensar este tema en profundidad.